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Javier Abad Chismol

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DIVERSIÓN Y PROHIBICIÓN

2007

 

     Valencia empieza ha celebrar estos días las fiestas de fallas y lo hacemos en un clima de prohibiciones, de un uso moderado de la diversión y el autocontrol. Quizás más que nunca estemos viviendo la imposición de leyes que coarten las libertades en cómo y de qué manera se deben moderar los distintos elementos que intervienen en una fiesta.

     Se entiende que hay que prohibir cuando los ciudadanos no acaban de saber poner tope a ciertos hábitos que se pueden convertir en excesos y, por lo tanto, perjudicar al bien común de la sociedad.

     Cuando se pretende educar y formar a alguien en buenas costumbres, se debe manifestar siempre una inquietud de enseñar, de convencer, antes que llegar a la prohibición, que sería siempre la última medida y la más drástica, aquella que no queda más remedio por que algo incorrecto se incumple sistemáticamente. Es algo bien sabido por todos los educadores, sólo prohibir y castigar cuando no quede más remedio, que evidentemente es necesario en según que situaciones.

     La falta de medidas en la educación, el relativismo, el que cada uno funcione según le marque su conciencia o su manera de entender la libertad, provoca los excesos y la falta de control. Sería algo así como primero dejar hacer de todo, para luego, al ver que la gente o la sociedad no sabe controlarse, empezar a prohibir y crear leyes que puedan atentar incluso contra los derechos fundamentales. Es en cierto modo el absurdo de te dejo hacer lo que quieras pero como no sabes controlarte, te lo voy a prohibir por tu bien. Es luchar por el pueblo sin contar realmente con este porque le falta madurez; recordemos que eso es lo que hacen los regimenes comunistas y fascistas.

     Lo hemos podido comprobar recientemente con la ley del alcohol, como para poder controlar su consumo, se endurecía esta. Es cierto, que uno de los grandes problemas que tenemos actualmente es el consumo indiscriminado de alcohol. Muchas son las personas que no saben moderarse en estos comportamientos, y no sólo no saben limitarse ellos mismos sino que se incita a los demás a beber. Pienso que sigue siendo necesaria una ley en cierto modo severa que ponga tope al consumo de alcohol sin medida. Es triste ver como existe en muchos lugares, personas que entienden que la diversión tiene que ir ligado al exceso de alcohol hasta llegar a la embriaguez.

     En lo que respecta al vino, la cosa no está tan clara, pues es algo bueno y tradicional en nuestra cultura, además es bien sabido por todos que los excesos no se realizan con vino, se suele hacer con otro tipo de bebidas alcohólicas, o si se utiliza este se hace como un elemento para mezclar.

     En definitiva, se debe hablar siempre de moderación y educación, no de permitir hasta que veamos que se llega a un exceso que pueda ser peligroso para la sociedad. Nadie puede justificar por liberal que se crea uno, que el botellón, los abusos, que la educación en la permisividad es algo bueno, aunque lo hagamos en nombre de la libertad, porque cuando queramos poner tope ya no podremos controlarlo y entonces pagarán justos por pecadores; aquellos que hacen un consumo moderado quedarán perjudicados por los que no se controlan. No es bueno permitir mucho inicialmente y luego cuando se nos va de las manos empezar a crear leyes que prohíban de una manera rotunda.

    Lo mismo ocurre con el control de las fiestas. Es verdad que el exceso de ruido puede molestar a vecinos y que, seguramente, un coche con el maletero abierto, con la música alta, y un grupo de personas consumiendo alcohol a las tres de la madrugada, debe estar prohibido porque es evidente que es una fiesta sin control. Pero esto que estamos diciendo no se puede comparar con una fiesta organizada y tradicional como las fallas, en donde el ruido de la pólvora, la música y la diversión son sus características principales. No podemos actuar con todo igual por ciertos excesos de individuos que luego entorpecen la diversión, algo que es vital para toda la sociedad, en especial para la nuestra.

     También con la prohibición de tirar petardos a los menores, estamos en lo mismo, no se trata de prohibir, se trata de educar, de mentalizar a los niños sobre el peligro que tiene el manipular petardos, que es lo que se puede hacer y qué es lo qué no, esto bajo la supervisión de los más mayores. Pero sacar una ley que prohíba está práctica va en contra de la esencia de nuestra fiesta. Es evidente que es peligroso y que cierto tipo de petardos no los deben tirar personas inexpertas o aficionadas, pues en caso de accidente pondrían en peligro su seguridad y la de otros. Para ello debe haber controles de seguridad al respecto, pero no prohibir y atajar con el problema de un plumazo.

      Vemos que lo de crear medidas populares para el gobierno central no es lo suyo, intenta introducir leyes a ver que pasa y, si hay respuestas sociales negativas, entonces se cambia. Es lo que ha pasado con la ley del vino, se ha paralizado porque puede perjudicar a los intereses electoralistas, pero no han dado una razón de peso del por qué de su marcha atrás.

    En definitiva, podemos decir que nos encontramos con un gobierno que es duro con los ciudadanos de a pie, aunque sea blando con los terroristas, que es más partidario de la prohibición cuando el liberalismo se les va de las manos, antes que de la educación y la formación en unos valores íntegros que ayuden a distinguir lo bueno de lo malo y que no nos vendan que todo vale, que todo está bien, y cuando no podamos controlarlo, sacamos una ley y nos dedicamos a prohibir a base de decretazos, en donde metemos a todos en el mismo saco.

     Lleguemos a la conclusión de que hay que enseñar a moderar, a formar en valores sanos basados en el respeto a uno mismo y a los demás, y con la idea clara que ciertas actitudes son fruto de la mala educación, que deforman la diversión y hace que actitudes inicialmente buenas se conviertan en verdaderos problemas sociales.

 

JAVIER ABAD CHISMOL

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